Los cinco mejores relatos de Conan

La Biblioteca del Fin del Mundo - 6º Capítulo

Podés ver el 5º capítulo de la Biblioteca del Fin del Mundo en este LINK.

¿Cuáles son los mejores libros, cómics y películas de la historia? En esta serie creada por El Santa (santaplix_el_santa), un muchacho escapa con su carpincho (sí, leíste bien) a través de un mundo posapocalíptico mientras hace la lista de textos a salvar en su... ¡Biblioteca del Fin del Mundo!

Sobrevivió a lo que parecía la desaparición de la raza humana, a un asesino, a unos extraños zombis en una biblioteca, a un monstruo y a un salto dimensional. Pero llegar hasta la torre plateada parecía lo más difícil que le había tocado vivir. Eso y sobrellevar la angustia de no saber dónde estaba Godzilla. Fue del paso al trote y del trote a la carrera, para volver al paso y ver crecer el ancho de la base que eclipsó todo su horizonte. Desde cerca, el lado oscuro de la torre apenas parecía curvarse. Así de grande era su circunferencia. Machuca miró a izquierda y derecha sin ver ningún punto de acceso. Se acordó de su tío, Esteban. Siempre decía que su casa -si algún día tenía una- debería darle la cara al sol mientras atardecía. Entonces, Machuca hizo un montoncito con pedregullo para marcar el inicio de trayecto. Porque, por lo que había visto, la base de la torre no era más que una superficie lisa, inmaculada y fría, carente de marca o punto de referencia.

Sin pensarlo, terminó caminando con el brazo estirado, los dedos rozando la superficie espejada y metálica (justo como hacía con el paredón que había antes de llegar a la escuela). Faltaban ya unos pocos metros para el final del eclipse... Pero  Machuca nunca llegó. Una mano inapelable lo agarró del brazo y lo hizo girar. El tono que usó la mujer en ese momento fue firme e imperativo, pero para nada agresivo: “¿Qué hacés? ¡Ni se te ocurra salir de la sombra!”. Todavía lo agarraba del brazo y tenía que agacharse bastante para compensar su metro ochenta y pico y encontrar frente a frente los ojos negros del muchacho. “Cada paso es un clavo necesario e indispensable. Y a falta de un clavo, la torre seguirá su camino hacia el centro y hacia afuera del mundo, como siempre y desde siempre lo ha hecho”. "¿Nunca lo escuchaste?", le liberó el brazo. “No”, dijo él.

“Mi nombre es Mahapu. Ahora tenemos que esperar, nomás. Hasta la noche no se puede entrar en la torre. Y no puedo dejar que te vayas. No puedo perderla otra vez”. La confianza que Mahapu destellaba al caminar cautivó por completo a Machuca. En ningún momento tuvo la intención de cuestionar sus dichos. “Pensé que eras uno de los centinelas de la torre cuando te vi venir. Pero no parecés… Parecés tranquilo. ¿Venís a robar la torre? Porque por mí está bien. No me importaría compartir la riqueza si compartimos el trabajo”. A unos veinte metros de donde se encontraron, ella había fabricado un escondite con tres rocas apiladas. De allí sacó sus pertrechos. Compartió con él un pan de zapallo (algo que le recordaba el sabor de las sopaipillas) y una bebida salada. Machuca aprovechó la pausa y, a pedido de su anfitriona, le contó su historia.

“Y, entonces, lo único que se me ocurrió fue venir para acá, a la torre. A buscar ayuda”. “Bueno, eso tiene sentido”, dijo ella, y él quedó a la mitad de un mordisco ante semejante afirmación. “Un par de días atrás pasé por donde debía estar Wari Mirana, el último pueblo del continente, y nada… Estas mesetas… Esto debería estar plagado de manadas de Ñandekes”. Gesticuló, usando ambos brazos totalmente extendidos. Las pulseras y brazaletes que llevaba tintinearon. “Ya falta poco para la noche”. La atención de la mujer color bronce quedó atada al horizonte. Su cándida presencia se trastocó un una efigie helada por un pesar. Él la miró atentamente y sin disimulo, ahora que ella estaba en otro lado. Por su impronta, aunque afortunadamente mucho más amable, Mahapu le recordó a otro “gigante” muy querido. Él fue con quien había viajado por primera vez fuera de Yavi. Sin duda alguna, él tendría un lugar privilegiado dentro de su biblioteca. Sabía incluso qué relatos debía incluir:

La torre del elefante (The Tower of the Elephant, 1933)

Si con una sola historia debieras definir a Conan, su mundo y aventuras, no hay duda que sería ésta: un joven Conan, lugares misteriosos y unos seres que te hablan del mundo más allá del mundo.

La hija del gigante helado (The Frost-Giant's Daughter, 1976)

Publicación póstuma. A lo largo de su vida, Conan tuvo varias profesiones. Una de las más recurrentes fue la de mercenario. En eso estaba cuando comenzó a desarrollarse esta historia de espíritus, sangre y mujeres fatales.

La reina de la costa negra (Queen of the Black Coast, 1934)

Esta es, tal vez, la historia más importante para Conan. Aquí conoce a Belit, se hace pirata y queda marcado para siempre.

El dios del cuenco (The God in the Bowl, 1952)

No sería muy desacertado decir que los relatos de Conan son todos más o menos iguales. Pero, más que un defecto, esto es una característica del modo de consumo y publicación: Conan no solo nació en la batalla, sino también en las revistas Pulp de leer y tirar. Y esta historia, una de descubrir al asesino, es de las menos “Conan” que se pueden encontrar.

El Fénix en la espada (The Phoenix on the sword, 1932)

Conan ha conseguido coronarse rey. Y esto es lo maravilloso de Conan. No son aventuras que alguien debe escribir para que sucedan: Conan ya es leyenda. Robert Howard solamente transcribió alguno de sus días de aventura.


“¿Y vos sos de ahí, de Wari Mirana?”, preguntó después de un par de segundos, una vez hubo terminado su lista mental. Ella recuperó la mirada y suspiró. “No, no. Yo no sé dónde nací. El primer recuerdo que tengo es el calor de una selva, el techo abovedado de hojas y ramas que dejaba pasar muy poco de la luz del sol; también, el olor a tierra húmeda y musgo. Recuerdo una figura oscura doblándose sobre mí para comprobar los nudos que me unían a la canasta. Entonces, dijo algo así como: 'No tenés ni vas a tener tierra o familia; no vas a tener un lugar para que tus huesos descansen. La ley no permite matarte… Pero no será necesario'. Entonces, la figura desapareció. Eso es todo lo que sé de mis orígenes. Y podría haber muerto justo ahí en esa canasta pero, antes de terminar el segundo día, un Jartambú se acercó para devorarme. Y no sé. La verdad es que no sé si fue por desesperación o si estaba delirando o algo, pero me salió una carcajada y empecé a tararear algo que inventaba mientras miraba fijamente los ojos amarillos del sorprendido animal. Después de escucharme un momento, lo perdí de vista. Volvió con cinco hermanos. Y yo volví a tararear. Entre todos me liberaron de la canasta y los nudos. Por ese entonces, mi cuerpo estaba pálido y atrofiado, como si los tres años que llevaba en este mundo los hubiese pasado en la oscuridad e inmóvil. Por suerte, recuperé el tiempo perdido”, dijo amablemente, mientras flexionaba sus enormes brazos morenos.

“Los Jartambúes me alimentaron y me hicieron fuerte. Después de cuatro años, en una de las migraciones nos topamos con un camino comercial, una de las rutas imperiales. Desoyendo los gritos y advertencias de mis hermanos, me acerqué a una caravana…”. La voz de Mahapu se quebró por un momento. Bebió un poco, tragó un pedazo de pan y continuó: “¿Para qué entrar en detalles tristes? Fui prisionera y esclava, con todo lo que eso acarrea, hasta que tuve la determinación y el tamaño para poder descuartizar, castrar y prender fuego a mis captores. Conocía las tres capitales del imperio y estaba harta de la famosa vida imperial. Aunque yo no necesitaba mucho para vivir, me hice ladrona. Muchas de las cosas que me habían enseñado mis carceleros estaban en esa línea. ¿Ves esta torre, acá? ¿Sabés qué es? Es riqueza que algún rey muerto acumuló, protegida por las artes de algún brujo y aislada por las leyendas que el pueblo temeroso teje alrededor de ella, como un segundo muro. Bueno…”, ella se puso de pie, con la mirada fija en lo alto de la torre.

Sumergido en el relato, Machuca solo entonces se percató de la oscuridad que lo rodeaba. El sol no hacía mas que levantar un ligero degradado naranja en la lejana línea del horizonte. “Mahapu de los Jartambúes no reconoce a ningún rey. Tomá”, le extendió un garrote de madera endurecida y anillado con listones de metal. “No pierdas el equilibrio cuando falles algún golpe”. Machuca miró hacia arriba y lo que vio lo hizo saltar y retroceder un metro para ponerse en guardia. Sobre ellos -y hacia ellos- caía una decena de siluetas negras. Se lanzaban desde algún punto muy alto de la torre. Cayeron como diez bombazos. Cada uno levantó una pared de polvo, provocó un cráter de unos quince centímetros de profundidad e hizo retumbar la tierra. A través del polvo, Machuca vio la silueta musculosa de Mahapu. Se defendía con una lanza corta de filo largo. Un estallido rojo le manchó la cara con sangre; a sus pies, vio rodar la cabeza cercenada de una de esas criaturas. Una lengua espinosa y gris, ancha como una serpiente, salía de la boca muerta. Un par de enormes ojos blanco cruzados de venas azules parecían retroceder adentrándose en el cráneo, ahora que el cuerpo no tenía ni un hálito de vida. Unos dedos largos y blancos intentaron agarrarlo por la nuca. Machuca respondió con un giro violento tan inesperado para él como para el ser que recibió el golpe. Escucho el estallido de los huesos cuando el mazo le arrancó la mandíbula de la cara. Dos golpes más sobre el ser para que dejara de contorsionarse sobre el suelo acabaron la faena.

El polvo iba volviendo a la tierra. Ya se podía ver mejor. Sobre su hombro, Machuca divisó a otro de los seres que saltaba sobre él. En el aire, la lanza de Mahapu le atravesó el pecho. El cadáver cayó junto a Machuca. Se despidió del mundo con un gruñido antinatural y grotesco. Bañada en sangre, la mujer de cobre acabó con los últimos dos con sus propias manos. Sin tomarse un momento de respiro, la hija de los Martambúes apiló los cadáveres junto a la torre. Machuca aún no se recomponía. La tensión, el esfuerzo físico, el sonido de los huesos y la piel... No podría olvidar nada de lo que había pasado. Ella lo sabía.

 

“¿Sabés?, estas cosas no me dejaron contarte lo mejor de mi historia”. Él levanto la cabeza. Seguía acuclillado sobre el mazo. “Cuando me dejaron, me prometieron una vida sin familia ni tierra donde yacer…”, revolvió entre sus cosas y sacó dos piedras, una vasija del tamaño de un mango y un trapo viejo. “¿Sabés qué hago con los tesoros que robo? Busco el pueblo más cercano y lo reparto. Me quedo un tiempo viviendo ahí, conociendo a la gente. De allí nacieron varias amistades que siempre me esperan con los brazos abiertos, lugares donde podré ir a envejecer.” Roció los cadáveres apilados con el líquido de la vasija e hizo chispas sobre el trapo con las dos piedras.

El fuego comenzó a devorar los cuerpos al tiempo que algunos de sus órganos internos explotaban y producían gemidos. “Vamos”. Ella puso su enorme mano sobre el hombre recién iniciado como guerrero. Habiendo recogido todas sus cosas, Mahapu lo miró y, con una sonrisa, le dijo: “Vamos, pajarito”. En dos o tres veloces pasos, cubrió la distancia que la separaba de la hoguera y se arrojó al fuego
Machuca tragó saliva, apretó su mazo, miró alrededor y se lanzó a las llamas.

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